jueves, 29 de enero de 2015

Con José Martí: raíces y luz

Por: Luis Toledo Sande

"Martí", de José Luis Fariñas. Pastel graso. Enero, 2013.
“Martí”, de José Luis Fariñas. Pastel graso. Enero, 2013.
Concisión y sonoridad pudieran explicar que el topónimo Yara se haya sobrepuesto con facilidad a Radiocentro, nombre que identificó durante años a un céntrico cine habanero, y tal vez explique asimismo que en el habla popular se use como sinónimo del adverbio ya. Pero hasta en esas sustituciones debe considerarse el prestigio y la familiaridad de Yara en la tradición patriótica del país. En enero de 1869, poco más de tres meses después de comenzar la Guerra de los Diez Años, José Martí, erguido en las señales de su entorno, plasmó el dilema que en su tiempo tenía ante sí la nación cubana en formación: “O Yara o Madrid”.
Tal ha sido la significación de Yara que, entre muchos aciertos, ha dado lugar a una confusión histórica: se ha suplantado la realidad que fue el Grito de Demajagua por una de nombre más fácil de pronunciar, Grito de Yara. El error está presente en documentos fundamentales de la patria, y se implantó con firmeza pétrea y crédito de nombre oficial en la chimenea de un central azucarero. Como en el justo afán de revertir la infundada identificación del levantamiento del 24 de febrero de 1895 como Grito de Baire, con lo que se rinde homenaje a una sola entre las localidades envueltas en el estallido simultáneo de aquella fecha, poco éxito han tenido los reclamos de recordar correctamente los hechos: el 10 de octubre de 1868 el grito de independencia de Cuba se dio en el ingenio Demajagua, y lo sucedido en Yara, el bautismo de fuego de las tropas mambisas, tuvo lugar el 11.
Era natural que una tropa irregular, escasa en experiencia militar y pertrechos, no pudiera derrotar a representantes de un ejército que gozaba de ventaja. Para los independentistas el valor de aquella vivencia fue moral: no se rindieron ante el enemigo poderoso, y ello hizo de Yara un símbolo que remite por derecho a la voluntad de lucha del pueblo cubano, a su afán de triunfar con la justicia y convertir los reveses en victoria, por lo menos desde el período que José Martí llamó “de preparación gloriosa y cruenta”, la antesala del estallido del 68, arrancada patente de una nación que braceaba por dejar de ser colonia.
En el camino se ubicaron el propio estancamiento de la gesta iniciada entonces y la heroica Protesta de Baraguá, que no tuvo la repercusión práctica merecida: revertir los designios del Pacto del Zanjón, como tampoco lo consiguió la Guerra Chiquita entre 1879 y 1880. Sobreponerse a golpes y alcanzar metas mayores estuvo en la médula del afán que llevó hasta el alzamiento del 24 de febrero de 1895, preparado por Martí. Los fanáticos del pragmatismo, corriente de pensamiento que no por gusto surgió con signo capitalista, y no se debe confundir con el espíritu práctico sano, serán quienes supongan que el triunfo material certifica la razón de los actos.
Otras han sido y serán la actitud y las perspectivas de quienes en Cuba seguirían las luces del 68 y del 95. Recordemos los ejemplos de las vanguardias representadas por Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena y Antonio Guiteras; los afanes más esclarecidos de quienes, en la luz encendida por Mella, abrazaron juntas las lecciones de Martí y las del marxismo; los actos de lo que ha pasado a la historia como generación del centenario martiano, una avanzada capaz de acometer proezas como las emblemáticas del 26 de julio de 1953, y movilizar crecientemente al pueblo hasta el triunfo de 1959.
En el centro de las frustraciones sufridas por Cuba operaba la herencia, o presencia viva, de la realidad implantada desde que en 1898 las crecientes fuerzas imperiales de los Estados Unidos intervinieron en la guerra que el patriotismo cubano libraba contra el colonialismo español, e impidieron el triunfo de los mambises y la instauración de la república moral con que soñó y por la cual luchó y murió Martí. Él había logrado un movimiento unitario sin precedentes en nuestra historia, y nos legó el fundamento moral —así lo ha llamado el líder histórico Fidel Castro— de lo que nuestra patria ha hecho después, y está convocada, por su deber y su honor, a seguir haciendo.
El héroe a quien rendimos tributo por el aniversario 162 de su nacimiento y en el año en que se cumplirán 120 de su muerte en combate, sigue vivo como guía motor en ese fundamento, porque pensó y actuó a la altura de sus circunstancias, con resolución y luz válidas para entonces, para hoy y para el porvenir. Preparó una guerra cuyos fines mayores no terminaban en la liberación nacional de Cuba: incluían asegurar la independencia de las Antillas, como afirmó en su carta póstuma a Manuel Mercado, para que los Estados Unidos no se apoderasen de ellas, lo que le permitiría a la emergente potencia caer, “con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.
La contienda recién empezaba, estaba por delante la necesidad de derrotar al ejército colonialista español, y el héroe, expresaba rotundamente su voluntad de impedir que se consumaran los planes del poderoso vecino: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Liberar a la patria significaba también impedir que se hiciera realidad la teoría de la “fruta madura”. Ese engendro —resumen de una apetencia que venía de los fundadores de una nación voraz y expansionista— tuvo su bautismo textual en los Estados Unidos en 1823, treinta años antes de que naciera José Martí, y más de un siglo antes que Fidel Castro.
El afán imperial de apoderarse de Cuba hallaría la complicidad de anexionistas y autonomistas, especies políticas que no han desaparecido. A lo sumo se han fundido en una misma actitud antipatriótica, con ideólogos o ideologuillos abrazados a la “razón instrumental”, no a la guía moral que Martí continúa encarnando. En la carta citada repudió ambas tendencias, y dijo que la primera era “menos temible”, pero no porque fuera mejor que la otra, sino “por la poca realidad de sus aspirantes”, quienes soñaban con que Cuba fuera un estado más en una federación imperialista cuyos gobernantes lo que buscaban era sustituir a España en su dominación colonial. Por su parte, los cabecillas del autonomismo preferían tener “un amo, yanqui o español”, que les asegurase sus privilegios de “prohombres” que, tanto como sus primos anexionistas, despreciaban a “la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,—la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.
Las señales decisivas sobre el peligro que venía de los Estados Unidos se las había dado al agudo veedor el Congreso Internacional de Washington, celebrado en lo que el autor deVersos sencillos definió como “aquel invierno de angustia” de 1889-1890. El foro le confirmó su previsión sobre los planes que el Norte urdía para los pueblos de nuestra América ya entonces independientes. De ahí su pregunta increpante: “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?”
Denuncia así el inicio visible del panamericanismo imperialista, contra el cual todavía es necesario seguir luchando en nuestra América, y se han dado pasos tan importantes como la creación del ALBA y la CELAC, impensables sin la resistencia de la Revolución Cubana frente a la agresividad imperialista. Sin esa resistencia sería difícil explicar la fuerza emancipadora impulsada, junto a Cuba, por países como Venezuela, Ecuador, Bolivia y otros. Y esa Cuba de la resistencia revolucionaria se hizo revirtiendo la tragedia histórica iniciada en 1898.
Con aquel Congreso Internacional de 1889-1890 a la vista, para Martí quedó claro que a Cuba, todavía colonia y, por tanto —como Puerto Rico—, ni siquiera representada en el temible foro, las fuerzas dominantes en los Estados Unidos le reservaban un destino todavía peor: “Sobre nuestra tierra […] hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: Ni maldad más fría”, escribió Martí a su colaborador Gonzalo de Quesada Aróstegui.
Ve la trampa que se urde, y añade a lo citado: “¿Morir, para dar pie en qué levantarse a estas gentes que nos empujan a la muerte para su beneficio? Valen más nuestras vidas, y es necesario que la Isla sepa a tiempo esto. ¡Y hay cubanos, cubanos, que sirven, con alardes disimulados de patriotismo, estos intereses!” Pero también, o sobre todo, es consciente de la necesidad de hacer la guerra para librar a Cuba, en lo inmediato, del poderío español. La opción será, pues, hacerla de modo que no conviniera a los planes estadounidenses.
Siete años antes, en carta del 20 de julio de 1882, le había expresado a Máximo Gómez que la patria necesitaba tener “en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país”, e impedir que este se vuelva “a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces”. A inicios de 1895, fundado desde el 10 de abril de 1892 ese cuerpo con la creación del Partido Revolucionario Cubano, habrá llegado la hora de poner en pie a las tropas independentistas para librar la guerra necesaria, que debía ser bien organizada y dirigida, para conjurar las aspiraciones injerencistas del poderoso vecino.
El 5 de abril de 1894 había publicado en Patria el artículo “Crece”, donde se refiere a la posibilidad de que las fuerzas revolucionarias no triunfaran. Habría sido funesto insistir en esa posibilidad cuando urgía allegar recursos y hallar combatientes para la guerra, pero el líder expone resueltamente: “En lo que cabe duda es en la posibilidad de la revolución. Eso es lo de hombres: hacerla posible. Eso es el deber patrio de hoy, y el verdadero y único deber científico en la sociedad cubana. Si se intenta honradamente, y no se puede, bien está, aunque ruede por tierra el corazón desengañado: pero rodaría contento, porque así tendría esa raíz más la revolución inevitable de mañana”.
Doce días después de aparecer “Crece” —donde su concepción del deber científico se opone a males como el pragmático positivismo de la cúpula autonomista—, en el mismo periódico Patria circula “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América”, artículo más conocido que aquel, y donde resume grandes desafíos que urge vencer: “En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,—mero fortín de la Roma americana;—y si libres—y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora—serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte”.
Ante circunstancias tales, afirma, “es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Ello recuerda cómo define el artículo inicial de las Basesdel Partido el propósito inmediato de la organización: “lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”. Él, que ha calado en las entrañas de los foros de 1889-1890 y 1891, acelera desde entonces los preparativos de la guerra.
En la fase final de esos preparativos la revolución sufre un duro golpe, que no podría verse como un mero acontecimiento aislado. Es enero de 1895, y en el puerto floridano de Fernandina autoridades estadounidenses, apoyadas por un cubano algo más que sospechoso de traidor a la patria, descubren un plan expedicionario cuidadosamente preparado por Martí, quien había actuado en secreto. Lo sabía necesario para imprimir fuerza a la guerra desde el inicio con un levantamiento que, además de simultáneo en las localidades comprometidas, fuera sorpresivo. La contienda debía ser “breve y directa como el rayo”, según él había señalado en uno de sus textos sobre Cuba y Puerto Rico, y de distintas formas en otros, no solo para que el derramamiento de sangre fuera el menor posible, sino también para no dar tiempo y ocasión a los pretextos intervencionistas de los Estados Unidos.
El factor sorpresa lo frustra el golpe de Fernandina; pero en aquellas circunstancias no hay marcha atrás, ni Martí desea que la haya: la guerra indispensable se hace a tiempo, o no se hace. Lo revelado en Fernandina era obra grande, y el líder desplegó su capacidad de persuasión, el respeto y la confianza que se había ganado entre sus seguidores, y logró que el revés no impidiera el levantamiento necesario.
Lo que vino después se conoce. El fundador murió prematuramente, sin que la República en Armas tuviera la estructura necesaria, en función de la cual había concebido él —en términos y realidades que expresan, incluso en las condiciones de la guerra, su sentido de la sincera democracia defendida en las Bases del Partido— “la Asamblea de Delegados de todo el pueblo cubano visible”. Este, en su concepto, lo formaban “todas las masas cubanas alzadas”, de las cuales los jefes serían parte. Circunstancias adversas, y señaladamente su muerte, a la que se unió el 7 de diciembre de 1896 la de Antonio Maceo, obstaculizaron la eficacia de las fuerzas patrióticas, y en 1898 se consumó la intervención estadounidense.
Sesenta años después de ese violento acto injerencista, el imperio no perdonaría la decisión cubana de hacer realidad, con el triunfo de 1959, el proyecto de liberación, soberanía y república plena heredado de Martí. Tras el triunfo de la Revolución, el Norte puso en marcha contra Cuba la hostilidad que incluiría una invasión armada y actos terroristas varios, junto a un férreo bloqueo económico, financiero y comercial.
La resistencia del pueblo cubano en la defensa de sus ideales haría fracasar tales prácticas agresivas, que acabaron aislando a los Estados Unidos en el concierto de países latinoamericanos y en la comunidad internacional. Si a inicios de los años 60 del siglo pasado aquella nación —OEA mediante, y con la complicidad de casi todos los gobiernos del área— consiguió instalar contra Cuba el acoso y el aislamiento, distinta es la realidad de un continente que reclama la presencia de este país en las Cumbres de las Américas. Y durante más de dos décadas, año tras año, la Asamblea General de las Naciones Unidas se convierte en escenario de una aplastante votación contra el bloqueo. Ahora el anuncio de que ese engendro será levantado no debe verse como suficiente para sacarlo de la agenda de la mencionada Asamblea.
El aislamiento de Cuba se ha revertido más allá del continente. La Rusia de hoy, en la que nada apunta al afán de crear una nueva Internacional Comunista, y una China que crece como una de las mayores economías del planeta, intensifican sus vínculos con Cuba, y con el conjunto de nuestra América, donde el influjo de la Revolución Cubana se mantuvo contra la voluntad del imperio. Para este no es solo una isla el área donde necesita mantener o reforzar su influencia, sino todo un continente, como parte de su afán por seguir capitalizando el desequilibrio mundial.
A finales del siglo XX las fuerzas imperiales supondrían que ese desequilibrio estaba alcanzando su culminación. Desmontado el socialismo europeo —lo cual representó un duro golpe para Cuba no solo en términos económicos—, los ideólogos y voceros del imperio creyeron que se consolidaba un mundo unipolar coyundeado por el pensamiento único propio de la pretensa unipolaridad. Pero la realidad va siendo otra, con los cambios experimentados en nuestra América desde los mismos finales del siglo XX y, sobre todo, en lo que va del XXI.
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* El presente artículo y “Con José Martí: para que la victoria siga siendo victoria”, que le dará continuidad en esta sección, provienen de las cuartillas que el autor preparó para cumplimentar, con un resumen de ellas, la invitación a participar el pasado 21 de enero enDialogar, dialogar, espacio que auspicia la Asociación Hermanos Saíz y sesiona en el habanero Pabellón Cuba. El encuentro de esa fecha se dedicó al tema José Martí en la actualidad cubana.
(Tomado de Cubarte)

José Martí: una carta programa

Por: Luis Toledo Sande

La célebre, polémica y fundamental carta que José Martí le escribió a Máximo Gómez el 20 de octubre de 1884, debe leerse a la luz del lugar que ocupa en la trayectoria del autor, y en su relación con el heroico dominicano. Una y otra desbordan los fines del presente artículo, pero es inexcusable bordear algunos puntos.
Lo primero que debe recordarse lo señaló Cintio Vitier en “Imagen de José Martí”, ensayo de 1971: el autor de aquella carta era ya, “entre los quince y los dieciséis años”, en La Habana, “un combatiente de la guerra iniciada por Céspedes” el 10 de octubre de 1868 en el ingenio Demajagua. A esa condición fue fiel a lo largo de su vida. Lo ratificó en el destierro al cual se le envió todavía adolescente, y con severas secuelas físicas del presidio.
Durante su escala guatemalteca ocurre el Pacto del Zanjón, que, si no lo sorprende, será porque se mantiene al tanto de la marcha de la contienda, que ya somete a estudio, con miras a sacar de ella lecciones necesarias para el porvenir. En el camino de su indagación sobre el tema figura —ubicable entre finales de 1877 y los inicios de 1878—, lo que fundadamente se tiene como borrador de una carta a Máximo Gómez, aunque no se sabe si llegó a cursarla.
El estudio se centra, según su carta a Manuel Mercado del 6 de julio de 1878, en los primeros años de la revolución, que alcanzó sus mejores logros antes de la muerte de Ignacio Agramonte, en 1873, y, en 1874, de Carlos Manuel de Céspedes, ultimado en circunstancias expresivas de las calamidades que la contienda afrontó desde la arrancada. Lamentablemente, hasta hoy debe darse por perdido el libro que Martí le dice a Mercado haber escrito sobre el tema.
Todavía no estarán dadas las condiciones necesarias para alcanzar la independencia de Cuba, cuando en agosto de 1879 estalla la llamada Guerra Chiquita, en la que el joven revolucionario, quien ha conspirado en La Habana, desempeña una posición relevante en su nueva deportación. Encabezará el Comité Revolucionario que desde Nueva York, adonde arriba en enero de 1880 procedente de España, orienta a los combatientes que operan en Cuba.
Pero algo salta claramente a la vista en su Lectura en Steck Hall del 24 de enero de ese año ante compatriotas emigrados, y que pronto publicará en folleto con el título Asuntos cubanos: más que hablar de la acción que está en pie, apunta hacia la que se requeriría librar en el futuro. En otra carta a Mercado, fechada en Nueva York el 6 de mayo, obviamente del mismo año 1880, expresa: “Aquí estoy ahora, empujado por los sucesos, dirigiendo en esta afligida emigración nuestro nuevo movimiento revolucionario”, “entro en esta campaña sin más gozo que el árido de cumplir la tarea más útil, elevada y difícil que se ha ofrecido a mis ojos”.

Experiencia y futuro

La Guerra Chiquita se estanca pronto en un atolladero, y el 13 de octubre le corresponde al propio Martí instruir al general Emilio Núñez, aún en los campos de operaciones, deponer las armas, no “ante España, sino ante la fortuna. No se rinde Vd. al gobierno enemigo, sino a la suerte enemiga”. Lo guía su permanente sentido ético, y añade: “Un puñado de hombres, empujado por un pueblo, logra lo que logró Bolívar; lo que con España, y el azar mediante, lograremos nosotros. Pero, abandonados por un pueblo, un puñado de héroes puede llegar a parecer, a los ojos de los indiferentes y de los infames, un puñado de bandidos”.
Terminada aquella etapa de lucha, se sentirá libre para intentar el plan de organización y de ideas que sabe necesario. A Máximo Gómez le escribe el 20 de julio de 1882 una carta en la cual se le presenta —cabe suponer que si el borrador antes aludido tomó el camino del correo, no tuvo respuesta— y lo invita a participar en pasos de avance hacia un nuevo plan. El mismo día se dirige también a Antonio Maceo, y de esa manera comienza a fijarse la vinculación que los tres tendrán en la historia de Cuba.
A partir de entonces, por encima de los desencuentros, lo fundamental entre ellos fue la coincidencia en la decisión de luchar por la liberación y el saneamiento de la patria. Las cartas que Martí escribe en aquella fecha a los dos generales están llenas de claridad, franqueza y cuidados que muestran conciencia de la complejidad del tema, y de las personalidades con las cuales debe y desea contar. No acude a los subterfugios ni a la “dramaturgia” de quienes ambicionan poder y protagonismo para su brillo personal.
A Gómez le expresa: “La honradez de V., General, me parece igual a su discreción y a su bravura. Esto explica esta carta”; y a Maceo se dirige en términos similares: “Estimo sus extraordinarias condiciones, y adivino en V. un hombre capaz de conquistar una gloria verda­deramente durable, grandiosa y sólida”. Mucho han hecho Gómez y Maceo hasta entonces, pero él confía en que harán más.
De sus propios vínculos con la Guerra Chi­quita le confiesa a Gómez: “desde entonces me he ocupado en rechazar toda tentativa de alardes inoficiosos y pueriles, y toda demostración ridícula de un poder y entusiasmo ficticios, aguardando en calma aparente los suce­sos que no habían de tardar en presentarse, y que eran necesarios para producir al cabo en Cuba, con elementos nuevos, y en acuerdo con los pro­blemas nuevos, una revolución seria, compacta e imponente, digna de que pongan mano en ella los hombres honrados”.

Lo andado, y lo por andar

Se dirige a dos héroes prominen­tes de la gesta “pasada”, ambos de mayor edad que él. Cuando reclama “elementos nuevos”, no busca una escisión generacional: bracea en pos de nuevos conceptos estratégicos y organizativos. Conoce el costo de los divisionismos en la causa cubana, asociados en parte a caudillos, y ha visto resultados del caudillismo en otros pueblos de América.
A Gómez le dice: “Por mi parte, General, he rechazado toda excita­ción a renovar aquellas perniciosas camarillas de grupo de las guerras pasadas, ni aquellas jefatu­ras espontáneas, tan ocasionadas a rivalidades y rencores: solo aspiro a que formando un cuerpo visible y apretado aparezcan unidos por un mismo deseo grave y juicioso de dar a Cuba libertad verdadera y durable, todos aquellos hombres ab­negados y fuertes, capaces de reprimir su impa­ciencia en tanto que no tengan modo de remediar en Cuba con una victoria probable los males de una guerra rápida, unánime y grandiosa,—y de cambiar en la hora precisa la palabra por la es­pada”.
En el reformismo autonomista, pariente del anexionismo, han carenado ya incluso combatientes del 68 desconcertados por el Pacto del Zanjón, o que no ven otro camino para sus ideas. Previsoramente, Martí no piensa tanto en lo que ha sido hasta entonces el anexionismo como en lo que aún podría representar. Sabe necesario tener “en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus pro­yectos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país” e impedir que este, “en el instante definitivo”, se vuelva “a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces”.
En respuesta a aquellas cartas, en octubre y noviembre, respectivamente, Gómez y Maceo le expresan su disposición de continuar luchando por la independencia de Cuba. Pero eso no significa que los experimentados guerreros —quienes han sufrido ya, en el campo de operaciones, las consecuencias del fracaso del 68, asociable, entre otros obstáculos, a tendencias civilistas— adviertan ya a fondo las impli­caciones de lo sustentado por Martí, ni que vean entonces en él, más joven que ellos, el dirigente a quien seguir.
Gómez, además, estima prematuro comenzar un nuevo movimiento, aunque Martí le comunica que no le ha escrito antes en espera de “tener ya juntos y de la mano algunos elementos de esta nueva empresa”, y que la carta enviada es parte de los tra­bajos hasta entonces hechos: específicamente con “hombres juiciosos” de La Habana y de Camagüey. En aquella ciudad, le dice, tiene hasta un “discreto comisionado”.
Gómez y Maceo se hallan en Centroamérica, y cabe suponer que ya idean su propio intento insurreccional, que se conocerá como Plan Gómez, por ser este su jefe principal; o Gómez-Maceo, por la participación del héroe de Baraguá; o de San Pedro Sula, por la localidad hondureña donde en gran parte lo ha concebido Gómez. En el camino de ese proyecto se ubica la carta del 20 de octubre de 1880, centro de este artículo.

Está echada la suerte

La trascendencia de las relaciones entre Martí y los dos fogueados generales se aprecia en el hecho de que, motivado probablemente por las pruebas de verticalidad que ha dado Martí, y también por aquellas cartas de julio de 1882, Gómez entiende aconsejable contar con él para llevar a cabo su proyecto. El 1 de octubre de 1884 llegan Gómez y Maceo a Nueva York buscando aglutinar fuerzas, y al siguiente día se reúnen con Martí.
Gómez recordará que en un momento de las reuniones iniciadas entonces, necesita dejar solos a sus contertulios, y, en cuanto él regresa, Martí se despide, como disgustado con Maceo. El asunto es mu­cho más abarcador y, según testimonio del propio Gómez, Maceo parece haberlo intuido. Será Martí quien se lo aclare por escrito al dominicano, aunque no se debe descartar lo que en las conversaciones habría intentado hacer saber a los generales.
Es por ello que el 20 de octubre le escribe a Gómez, quien, por su parte, comentará: “Durante mi momentánea ausencia, no sé lo que dicho Gral. [Maceo] habló con Martí, pero se de­duce por el sentido de la carta”, y añade: “Cuando yo re­gresé, aún encontré al señor Martí en mi cuarto; a poco se despidió de mí de un modo afable y cortés. Solos yo y el Gral. Maceo, me dijo este, ‘este hombre, Gral., va disgustado con noso­tros’. Tal vez, le contesté yo, y no hablamos más una palabra”; pero “a los tres días recibo esta carta, que no contesté, pues no se da contestación a los insultos”.
Hecho al despliegue militar en su conjunto, quizás Gómez no repara en lo que estima “detalles”, ni parece percatarse del fondo conceptual de la discrepancia. Maceo puede haber expresado criterios parti­cularmente inaceptables para Martí, pero si este se retira del Plan no será en respuesta a posibles intemperancias pasajeras, ni de Maceo, ni de Gómez.
En el comentario citado Gómez se refiere a su idea de encomendarle a Maceo una co­misión de trabajo en México, y agrega: “dispuse yo que [Martí lo] acompañase”. Confiesa, además, que en el hecho de que en aquellos “días de fatigosa espera” Martí siguiera visitán­dolos y “hablando siempre del mismo modo y con igual calor de nuestro plan revolucionario”, él, Gómez, apreciaba manifestaciones de intromisión en las prerrogativas del mando.
Tal como entiende las cosas, Gómez testimonia: “mas yo con blandura lo contenía en los límites [a] que he creído que él puede llegar, para no perjudicarnos dejando el mando de la nave a muchos capitanes hasta que haciendo caso omiso del Gral. A. Ma­ceo, que era el jefe designado para la comisión, me dijo: ‘que (sus palabras textuales) al llegar a México y según el resultado de la comisión’ —yo no le dejé concluir, con tono áspero— (mis palabras textuales) ‘Vea, Martí, limítese Vd. a lo que digan las instrucciones, y lo demás el Gral. Maceo hará lo que debe hacerse’, nada más dije, y me contestó tratando de satisfacer mi indicación”.

La ley del decoro

No se trata de un simple u ocasional “choque de personalidades”. Martí no ignora la autoridad de héroes a quienes admi­ra de verdad, y menos aún querrá “insultar” a un hombre a quien venera. Precisamente las grandes condiciones que aprecia en él, le hacen temer aún más la posibilidad de que la República se base, desde la guerra, en métodos de autoridad que puedan generar un cau­dillismo todavía más incontrolable: “hay algo”, le dice a Gómez, “que está por encima de toda la simpatía personal que Vd. pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad apa­rente”.
Fiel a criterios que le ha expresado en 1882, le reitera su “determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más gra­ve y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, embellecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo”.
Desde el inicio le ha expuesto a Gómez que no debe leer la carta como el fruto de un arranque irreflexivo, pues ha “querido dejarla reposar dos días”, para que sea “obra de meditación madura”. Es, en realidad, un capítulo de la reflexión en que lleva años, y en la cual basa estos juicios: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”, y “La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto solo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia”.
Al primero de esos criterios pudo haber añadido una idea que subyace en su pensamiento: un pueblo tampoco se manda como un campamento. Y, aunque respeta de veras a Gómez —como a Maceo—, no se detiene ante autoridades personales, ni teme a la dureza del juicio, si está por delante la patria: “¿Qué somos, General?, ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él? ¿La fama que ganaron Vds. en una empresa, la fama de valor, lealtad y prudencia, van a perderla en otra?”
Se entiende que al honradísimo Gómez —y a Maceo— le duela tal franqueza, pero Martí sabe que hay muchas personalidades en juego, y muchos peligros, y ha visto en qué han parado grandes caudillos de nuestra América. Al plan insurreccional con el que rompe reflexivamente, no ha llegado como un simple espectador. En el mismo octubre se le ha designado presidente de la Asociación Cubana de Socorro, cobertura legal para buscarle fondos a la insurrección. Resuelto a consagrarse a la conspiración que debe hacerla posible, el 10 de aquel mes pronuncia un discurso en la velada con que se recuerda el inicio de la Guerra del 68, y depone su cargo como cónsul general de Uruguay en Nueva York, para no dañar las relaciones de ese país con España.

Persona, historia, patria

Ante Gómez y Maceo ratifica su ética: ni palabra ni acto suyo serán obstáculos para el quehacer de aque­llos generales, en cuyas buenas intenciones confía. No se libra de acusaciones por parte de algunos equivocados, o deseosos de zaherirlo. Alguien adicto a intrigas intenta difamarlo indirectamente en un acto públi­co. Un testimonio de entonces narra que, para marcarlo, el intrigante dice desde la tribuna: “Los que se oponen a la revolución por temor debían llevar faldas y enaguas”.
Martí no demora en responder enérgicamente: “A quien usted ha hecho alusión no le cabe la vergüenza en los calzones, y esto se lo puedo demostrar aquí mismo o afuera si lo tiene a bien”. Para impedir que le respon­da también con los puños intervienen Flor Crombet, quien ha sido ya enlace entre Martí y Gómez, y Maceo, para quien aquello habrá sido otra prueba de la entereza que caracteriza a quien ha discrepado de él y de Gómez.
Al separarse del Plan de aquellos generales patriotas, Martí pone a prueba sus concepciones políticas. Si, a pesar de todo, el Plan triunfa, él quedará políticamente aniquilado. El 13 de julio de 1885 lo sustituyen en su cargo de pre­sidente de la Asociación Cubana de Socorro, como parte de una campaña de descrédito.
El 24 siguiente dirige A los cubanos de Nueva York una circular en que los invita a reunirse al otro día en el Clarendon Hall, para enfrentar los reproches que quie­ran hacerle. Expone allí sus criterios, su lealtad a la aspiración independentista, y no ofende ni a Gómez ni a Maceo. Nadie osa impugnar al patriota que todo lo deja claro, por convicción, y porque la patria y el honor están por delante.
En 1884 se halla lejos del liderazgo que no empieza a conquistar hasta finales de 1887, fracasado ya el intento de Gómez y Maceo, un revés en el cual Gómez reconocerá que ha influido la retirada de Martí. Pero de hecho se debe a las circunstancias en que se ha intentado, hostiles para su preparación y su marcha.
La actitud plasmada por Martí en la más compleja de sus cartas a Gómez resulta fundamental para la unidad alcanzada en los preparativos de la guerra, con auxilio del Partido Revolucionario Cubano, constituido el 10 de abril de 1892, en homenaje a la Asamblea de Guáimaro, reunida 23 años antes. Ella pecó de errores, como el afán civilista impertinente para la lucha armada; pero también abonó una civilidad que Martí quiere cultivar desde la nueva gesta como un elemento fundamental en la cultura política de la nación.
El líder revolucionario que conoce las causas de los reveses sufridos por el afán independentista en su patria, ha sido testigo de las manquedades del liberalismo en España con respecto al problema colonial. También conoce —y ha sufrido en carne propia— males engendrados en nuestra América por hipertrofias caudillistas, y ya en 1884, días antes de discrepar con Gómez, ha denunciado las injusticias entronizadas en una emergente potencia imperialista donde “el monopolio está sentado, como un gigante implacable, a la puerta de todos los pobres”, y “la tiranía, acorralada en lo político, reaparece en lo comercial. Este país industrial tiene un tirano industrial”.

Por la dignidad de la nación

No es fortuito que en las Bases del Partido Revolucionario Cubano explicite Martí que esa organización y, por tanto, la contienda a la cual ella sirve y servirá, tienen entre sus fines fundamentales la creación de “un pueblo nuevo y de sincera democracia”. Se propone lograr nada menos que un estadio de la libertad no alcanzado entonces aún por ningún pueblo del planeta.
Esa aspiración la cultiva, incluso en plena guerra, atendiendo a las necesidades de la acción armada y a la personalidad de la república por fundar. Es significativo que, al narrar su visita a Gómez para ofrecerle —tras la elección democrática entre militares del 68 en virtud de la cual se le asigna el cargo— la dirección del ramo militar de la revolución, diga que ha ido a verlo “junto a su arado”, y plasme su profunda admiración por el bravo dominicano. Enaltece la solidaridad de este con los humildes, y declara que su hogar en pleno es un ejemplo de esa solidaridad.
El fundador del Partido Revolucionario Cubano no falta a la ética ni por presuntas conveniencias políticas. La entrevista, en campaña, de La Mejorana, no puede aquí más que rozarse; pero es preciso recordar que, al margen de contradicciones inevitables en toda obra humana, la imagen mayor que de ella brota es que él, Gómez y Maceo están juntos a la hora de decidir el destino de Cuba. Tampoco hay duda de que en aquel complicado encuentro, narrado en su Diario de campaña, Martí lega para la historia su rechazo a que “la patria […], y todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército” paren en “Secretaría del Ejército”. Frente a semejante peligro, testimonia: “Mantengo, rudo: el Ejército, libre,—y el país, como país y con toda su dignidad representado”.
No es solo cuestión de medidas circunstanciales. Cada paso, cada idea, deben sembrar una cultura de funcionamiento político y social a la altura de una democracia nueva ysincera, y —redundancia solo aparente— de sentido verdaderamente popular. Por ello, aunque aleatorio, adquiere valor simbólico el hecho de que —por razones conocidas no asociadas intencionalmente con la carta glosada— el 20 de octubre haya devenido Día de la Cultura Cubana. Inagotables razones fundamentan que Martí sea, y necesitamos que continúe siéndolo, el autor intelectual de la obra revolucionaria desarrollada en el país.
(Tomado de la Revista Bohemia)

Fidel: Lo que no podrá olvidarse nunca

Por: Fidel Castro Ruz

Ayer, domingo 12 de octubre, por la mañana, la edición dominical en Internet delThe New York Times —órgano de prensa que en determinadas circunstancias traza pautas sobre la línea política más conveniente a los intereses de su país—, publicó un artículo que tituló “Tiempo de Acabar el Embargo a Cuba”; con opiniones de lo que a su juicio, debe seguir el país.
Hay momentos en que tales artículos son suscritos por algún prestigioso periodista, como alguien a quien tuve el privilegio de conocer personalmente en los primeros días de nuestra lucha en la Sierra Maestra con los restos de una fuerza que había sido casi totalmente eliminada por la aviación y el ejército de Batista. Éramos entonces bastante inexpertos; ni siquiera concebíamos que dar esa impresión de fortaleza a la prensa constituía algo que pudiera merecer una crítica.
No era así como pensaba aquel valiente corresponsal de guerra con una historia que le dio nombre en los tiempos difíciles de la lucha contra el fascismo: Herbert Matthews.
Nuestra supuesta capacidad de lucha en febrero de 1957 era un poco menor, pero más que suficiente para desgastar y derrotar al régimen.
Carlos Rafael Rodríguez, dirigente del Partido Socialista Popular, fue testigo de lo que, después de la Batalla del Jigüe ―en que una unidad completa de tropas selectas fue obligada a capitular tras 10 días de combate, expresé sobre mi temor de que las fuerzas del régimen fueran a rendirse en julio de 1958, cuando sus tropas élites se retiraban precipitadamente de la Sierra Maestra, a pesar de estar entrenadas y asesoradas por los vecinos del norte. Habíamos encontrado la forma adecuada para derrotarlas.
Era ineludible extenderme un poco en este punto si deseaba explicar el ánimo con que leí el mencionado ar­tículo del periódico norteamericano el pasado domingo. Citaré sus partes esenciales que irán entre comillas:
“…el Presidente Obama debe sentir angustia al contemplar el lamentable estado de las relaciones bilaterales que su administración ha intentado reparar. Sería sensato que el líder estadounidense reflexione seriamente sobre Cuba, donde un giro de política podría representar un gran triunfo para su gobierno.
“Por primera vez en más de medio siglo, cambios en la opinión pública estadounidense y una serie de reformas en Cuba, han hecho que sea políticamente viable reanudar relaciones diplomáticas y acabar con un embargo insensato. El régimen de los Castro ha usado dicho embargo para excusar sus fallas y ha mantenido a su pueblo bastante aislado del resto del mundo. Obama debe aprovechar la oportunidad para darle fin a una larga era de enemistad, y ayudar a un pueblo que ha sufrido enormemente desde que Washington cortó relaciones diplomáticas en 1961, dos años después de que Fidel Castro llegó al poder.”
“…el deplorable estado de su economía ha obligado a Cuba a implementar reformas. El proceso se ha vuelto más urgente a raíz de la crisis financiera en Venezuela, dado que Caracas le proporciona petróleo subsidiado. Con el temor de que Venezuela tenga que recortar su ayuda, líderes en la isla han tomado pasos importantes para liberalizar y diversificar una economía que históricamente ha tenido controles rígidos.”
“…el gobierno cubano ha comenzado a permitir que sus ciudadanos se empleen en el sector privado y que vendan propiedades como automóviles y casas. En marzo, la Asamblea Nacional de Cuba pasó una ley con el fin de atraer inversión extranjera. (…) En abril, diplomáticos cubanos comenzaron a negociar los términos de un tratado de cooperación que esperan firmar con la Unión Europea. Han asistido a las primeras reuniones preparados, ansiosos y conscientes de que los europeos van a pedir mayores reformas y libertades ciudadanas.
“El gobierno autoritario sigue acosando disidentes, quienes frecuentemente son detenidos por períodos cortos. La Habana no ha explicado la sospechosa muerte del activista político Oswaldo Payá.”
Como puede apreciarse una acusación calumniosa y gratuita.
“El año pasado se flexibilizaron las restricciones de viaje para los cubanos, lo cual permitió que disidentes prominentes viajaran al exterior. En la actualidad, existe un ambiente de mayor tolerancia para aquellos que critican a sus líderes en la isla, pero muchos aún temen las repercusiones de hablar francamente y exigir mayores derechos.
“El proceso de las reformas ha sido lento y ha habido reveses. Pero en conjunto, estos cambios demuestran que Cuba se está preparando para una era post-embargo. El gobierno afirma que reanudaría con gusto las relaciones diplomáticas con Estados Unidos sin condiciones previas.
“Como primer paso, la Casa Blanca debe retirar a Cuba de la lista que mantiene el Departamento de Estado para penalizar países que respaldan grupos terroristas. Actualmente, las únicas otras naciones en la lista son Sudán, Irán y Siria. Cuba fue incluida en 1982 por su apoyo a movimientos rebeldes en América Latina, aunque ese tipo de vínculos ya no existen. Actualmente, el gobierno estadounidense reconoce que La Habana está jugando un papel constructivo en el proceso de paz de Colombia, sirviendo de anfitrión para los diálogos entre el gobierno colombiano y líderes de la guerrilla.
“Las sanciones por parte de Estados Unidos a la isla comenzaron en 1961 con el objetivo de expulsar a Fidel Castro del poder. A través de los años, varios líderes estadounidenses han concluido que el embargo ha sido un fracaso. A pesar de eso, cualquier iniciativa para eliminarlo ha traído consigo el riesgo de enfurecer a miembros del exilio cubano, un grupo electoral que ha sido decisivo en los comicios nacionales. (…) la generación de cubanos que defienden el embargo está desapareciendo. Miembros de las nuevas generaciones tienen distintos puntos de vista, y muchos sienten que el embargo ha sido contraproducente para fomentar un cambio político. Según una reciente encuesta, el 52 por ciento de norteamericanos de origen cubano en Miami piensan que se debe terminar el embargo. Una amplia mayoría quiere que los países vuelvan a tener relaciones diplomáticas, una posición que comparte el electorado norteamericano en general.
“Cuba y Estados Unidos tienen sedes diplomáticas en sus capitales, conocidas como secciones de interés, que desempeñan las funciones de una embajada. Sin embargo, los diplomáticos estadounidenses tienen pocas oportunidades de salir de la capital para interactuar con el pueblo cubano y su acceso a los dirigentes de la isla es muy limitado.
“En 2009, la administración Obama tomó una serie de pasos importantes para flexibilizar el embargo, facilitando el envío de remesas a la isla y autorizando a un mayor número de cubanos radicados en Estados Unidos a viajar a la isla. También creó planes que permitirían ampliar el acceso a telefonía celular e internet en la isla. Aún así, sería posible hacer más. Por ejemplo, se podría eliminar los límites a las remesas, autorizar mecanismos de inversión en las nuevas microempresas cubanas y expandir las oportunidades para norteamericanos que deseen viajar a la isla.
“Washington podría hacer más para respaldar a las empresas norteamericanas que tienen interés en desarrollar el sector de telecomunicaciones en Cuba. Pocas se han atrevido por temor a las posibles repercusiones legales y políticas.
“De no hacerlo, Estados Unidos estaría cediendo el mer­cado cubano a sus rivales. Los presidentes de China y Ru­sia viajaron a Cuba en julio con miras a ampliar vínculos.
“El nivel y envergadura de la relación podría crecer significativamente, dándole a Washington más herramientas pa­ra respaldar reformas democráticas. Es factible que ayu­de a frenar una nueva ola migratoria de cubanos desesperanzados que están viajando a Estados Unidos en balsas.
“Una relación más saludable podría ayudar a resolver el caso de Alan Gross, un experto en desarrollo que lleva casi cinco años detenido en la isla. Más aún, crearía nuevas oportunidades para fortalecer la sociedad civil, con lo cual gradualmente se disminuiría el control que ejerce el estado sobre la vida de los cubanos. Si bien la Casa Blanca puede tomar ciertos pasos unilateralmente, desmantelar el embargo requeriría una acción legislativa en Washington”.
“… varios líderes del hemisferio se reunirán en Ciudad de Panamá con motivo de la séptima Cumbre de las Américas. Varios gobiernos de América Latina insistieron en invitar a Cuba, rompiendo así con la tradición de excluir a la isla por exigencia de Washington.
“Dada la cantidad de crisis a nivel mundial, es posible que la Casa Blanca considere que darle un giro sustancial a su política respecto a Cuba no es una prioridad. Sin embargo, un acercamiento con la isla más poblada del Caribe que incentive el desbloqueo del potencial de los ciudadanos de una de las sociedades más educadas del hemisferio, podría representar un importante legado para la administración. También ayudaría a mejorar las relaciones de Estados Unidos con varios países de América Latina y a impulsar iniciativas regionales que han sufrido como consecuencia del antagonismo entre Washington y La Habana.”
“…a raíz de la invitación a Cuba a la cumbre, la Casa Blanca no ha confirmado si Obama asistirá.
“Tiene que hacerlo. Sería importante que hiciera presencia y lo considerara como una oportunidad para de­sencadenar un logro histórico.”
¡¡¡¡Una de las sociedades más educadas del hemisferio!!!! Eso sí que es un reconocimiento. Pero, por qué no lo dice de una vez, que en nada se parece a la que nos legó Harry S. Truman cuando su aliado y gran saqueador del tesoro público Fulgencio Batista asaltó el poder el 10 de marzo de 1952, a solo 50 días de las elecciones generales. Aquello no podrá olvidarse nunca.
El artículo está escrito, como puede apreciarse, con gran habilidad, buscando el mayor beneficio para la política norteamericana en la compleja situación, cuando los problemas políticos, económicos, financieros y comerciales se acrecientan. A ello se suman los derivados del cambio climático acelerado; la competencia comercial; la velocidad, precisión y poder destructivo de armas que amenazan la supervivencia de la humanidad. Lo que hoy se escribe tiene una connotación muy diferente de lo que divulgaban hace solo 40 años cuando nuestro planeta se veía ya obligado a albergar y abastecer de agua y alimentos al equivalente de la mitad de la población mundial actual. Esto sin mencionar la lucha contra el Ébola que amenaza la salud de millones de personas.
Añádase que dentro de unos días la comunidad mundial expondrá ante Naciones Unidas si está de acuerdo o no con el bloqueo a Cuba.
Fidel-13102014
Fidel Castro Ruz
Octubre 13 de 2014
8 y 30 p.m.

viernes, 23 de enero de 2015

8 enigmas astronómicos

El Universo es monumental tanto en tamaño como en misterio. Sus secretos han intrigado a los humanos por siglos, muchos de los cuales siguen sin respuesta. Al respecto, el portal Space.comenumeró los ocho enigmas más grandes de la actualidad.













1- ¿Qué es la energía oscura?
Se cree que es la fuerza que provoca la expansión del Universo a cada vez mayor velocidad. Esta esquiva fuerza aún no se detecta directamente, pero se calcula que sería alrededor del 73% del total del cosmos.

2- ¿Cuán caliente es la materia oscura?
La materia oscura es una masa invisible que compondría cerca del 23% del Universo. Como no se puede ver, los científicos han inferido su presencia en la atracción gravitacional que ejercen sobre la materia normal. Sin embargo, desconocen sus propiedades, como si es fría o caliente.

3- ¿Dónde están los bariones perdidos? 

La energía y materia oscuras ocupan cerca del 95% del Universo, correspondiendo el resto a materia normal. No obstante, los expertos se dieron cuenta de que más de la mistad de esta última está ‘perdida’.

A la ‘desaparecida’ se le llama materia bariónica, y está formada por protones y neutrones que formarían la mayoría de la masa visible del Universo. Algunos astrofísicos postulan que ésta podría estar entre galaxias.

4- ¿Cómo explotan las estrellas?

Cuando las estrellas masivas se quedan sin combustible, terminan sus vidas con explosiones gigantes llamadas supernovas, las que pueden cegar a galaxias completas con su brillantez.

Pese a la tecnología y las extensas investigaciones, aún no se sabe cómo ocurren estas explosiones.

5- ¿Qué ocasionó que el Universo de reionizara?

La teoría del Big Bang ha sigo ampliamente aceptada como el origen del Universo, y establece que éste era un punto caliente y denso hace 13,7 billones de años. En tanto, alrededor de 13 billones de años atrás, se piensa que se convirtió en un lugar dinámico que estaba en el proceso de reionización.

En este periodo, la niebla de hidrógeno del Universo de estaba esclareciendo y volviéndose traslúcida, hasta llegar a la luz ultravioleta por primera vez. No se sabe cómo pasó esta reionización.

6- ¿Cuál es la fuente de los rayos cósmicos más energéticos?

Los rayos cósmicos son partículas altamente energizadas que fluyen hacia el Sistema Solar desde el espacio exterior, pero el origen de éstas no ha podido ser descubierto por los científicos en más de cien años.

Los rayos cósmicos con más energía son increíblemente fuertes, llegando a ser cien millones de veces mayor a las que han logrado ser producidas por los colisionadores creados por humanos.

7- ¿Por qué el Sistema Solar es tan extraño?

Las diferencias del Sistema Solar con los planetas en otras galaxias son muy grandes y los científicos no pueden descubrir por qué es tan único.

8- ¿Por qué la corona del Sol es tan caliente?

La corona es la capa más externa del Sol, y su temperatura puede alcanzar los 6 millones de grados Celsius. Los científicos creen que se recalienta mediante una conexión con el campo magnético del Astro Rey. Sin embargo, es desconocido cómo funciona este mecanismo.


miércoles, 21 de enero de 2015

Leonel Fernández habla del caso Haitiano y de la sentencia 168-13 del TC

Leonel Fernández



Santo Domingo. En su informe preliminar, emitido luego de su visita al país, del 2 al 5 de diciembre del presente año, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos estimó que la sentencia del Tribunal Constitucional de la República Dominicana 168-13, estableció "una nueva interpretación para la adquisición de la nacionalidad de personas nacidas en el país que sean hijos de padres extranjeros en tránsito"... con lo cual, "personas que anteriormente habían sido reconocidas como de nacionalidad dominicana, fueron desnacionalizadas."

Como resultado de ese razonamiento, la Comisión concluyó indicando que la sentencia del Tribunal Constitucional conlleva a una privación arbitraria de la nacionalidad; que tiene un efecto discriminatorio, dado que impacta, esencialmente, a personas de ascendencia haitiana; y genera apátrida en relación con aquellas que no son consideradas como nacionales por ningún Estado.
Independientemente de una consideración de fondo sobre los criterios vertidos por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y reiterados por otras instituciones de la comunidad internacional, cabría, desde la perspectiva jurídica, aclarar algunos conceptos e ideas que puedan contribuir, tal vez, a la búsqueda de una solución, que sin quebrantar los atributos de nuestra soberanía nacional, satisfagan los requerimientos del Derecho Internacional de los Derechos Humanos.
En tal virtud, es preciso indicar que el derecho o facultad de establecer los criterios de determinación de la nacionalidad de un país, los fija el Estado de ese país; y esto así, porque como bien reconoce la propia Comisión, la nacionalidad no es otra cosa que el vínculo jurídico que se implanta entre una persona y un Estado determinado.
Por consiguiente, en principio, el tema de la nacionalidad se corresponde, más bien, con las normas o el Derecho Interno de una nación, y no con las del Derecho Internacional; y al ser así, no existe un criterio de validez universal, aceptado por todas las naciones del mundo, acerca de las condiciones requeridas para ser nacional de un país determinado.
Esas son condiciones establecidas por cada país, en forma soberana, conforme a su mejor criterio e interés nacional, aunque, generalmente, sirven de referencia las reglas relativas al derecho de sangre ( jussanguinis) y al derecho de suelo ( jussolis).
Las reglas del Derecho Internacional sólo encuentran aplicabilidad, en materia de nacionalidad, cuando atañen al reconocimiento y respeto de los Derechos Humanos, con lo cual puede surgir un conflicto o colisión de derechos entre la noción de soberanía nacional y la de respeto a la dignidad humana consagrada en diversos tratados internacionales.
OBLIGATORIEDAD DE LAS SENTENCIAS Y SOBERANIA NACIONAL
Una sentencia, en sentido estricto, al ser la resolución de una controversia, conflicto o disputa, que emana de un órgano jurisdiccional del Estado, como son los tribunales, constituye una expresión de soberanía de una nación.
En el caso de la República Dominicana, conforme al artículo 2 de la Constitución, "La soberanía reside exclusivamente en el pueblo, de quien emanan todos los poderes, los cuales ejerce por medio de sus representantes o en forma directa..."
Inmediatamente, en su artículo 3, nuestra Carta Sustantiva, precisa: "La soberanía de la Nación dominicana, Estado libre e independiente de todo poder extranjero, es inviolable. Ninguno de los poderes públicos organizados por la presente Constitución puede realizar o permitir la realización de actos que constituyan una intervención directa o indirecta en los asuntos internos o externos de la República Dominicana o una injerencia que atente contra la personalidad e integridad del Estado y de los atributos que se le reconocen y consagran en esta Constitución. El principio de la no intervención constituye una norma invariable de la política internacional dominicana."
Para garantizar la supremacía de la Constitución, la defensa del orden constitucional y la protección de los derechos fundamentales, fue creado, mediante la reforma constitucional del 2010, el Tribunal Constitucional.
Conforme al artículo 184 de la Constitución y 31 de su Ley Orgánica, "Las decisiones del Tribunal Constitucional son definitivas e irrevocables y constituyen precedentes vinculantes para los poderes públicos y todos los órganos del Estado."
Más aún, en su sentencia 158-13, al analizar el concepto de cosa juzgada constitucional, nuestro Tribunal Constitucional sostuvo:

"La cosa juzgada que se deriva de las disposiciones del referido artículo 45 de la Ley num. 137-11, en los casos de acogimiento de la acción directa de inconstitucionalidad, no tiene el típico alcance de la cosa juzgada relativa de los procesos civiles que sólo alcanza a las partes involucradas en dichos litigios, sino que se trata de una cosa juzgada constitucional; es decir, que por el carácter irrevocable e incontrovertido de las sentencias dictadas por el Tribunal Constitucional, en ejercicio de sus competencias constitucionales y legales orientadas a resguardar la supremacía y el orden constitucional, así como la protección efectiva de los derechos fundamentales, la presunción de verdad jurídica que se deriva de la condición de cosa juzgada, no sólo atañe a las partes procesales, sino a todas las personas públicas y privadas por la vinculatoriedad erga omnes de los fallos del Tribunal. Dichos fallos no pueden ser impugnados ante ningún otro órgano del Estado dominicano, de conformidad con las disposiciones del artículo 184 de la Constitución de la República."
Al sostener las sentencias del Tribunal Constitucional el carácter de definitivas e irrevocables y ser vinculantes para los poderes públicos y todos los órganos del Estado, resulta inapropiado solicitarle al Presidente de la República, así como a cualquiera otra institución u organismo del Estado, que incumpla con su ejecución. Eso sería incitarle a violar la Constitución y las leyes de la República, lo que conlleva consecuencias penales.
¿QUÉ HACER?
En la búsqueda de una solución constructiva que permita conciliar la noción de soberanía nacional con la de respeto a los derechos humanos, hay que partir del principio de que la jurisdicción internacional no reemplaza o sustituye la nacional, sino que la complementa.
De esa manera, El Estado nacional conserva, de manera íntegra, sus atribuciones jurisdiccionales para conocer de los hechos y resolver por vía de sentencia. Es lo que ha hecho el Tribunal Constitucional, en una decisión que si bien puede ser considerada controversial, ya tiene la autoridad de la cosa juzgada constitucional, y, por consiguiente, la presunción de verdad jurídica.

Lo que procede ahora es aplicar las disposiciones del Decreto 327-13, dictado por el presidente Danilo Medina, en virtud del cual se instituye el Plan Nacional de Regularización de extranjeros en situación migratoria irregular en la República Dominicana.
Ese plan confiere la oportunidad de lograr algo sin precedentes en la República Dominicana, que es la de proveer un estatus de legalidad documental a todo extranjero que se encuentre radicado de manera irregular en territorio dominicano.
Para casos como el de Juliana Deguis Pierre, la accionante en revisión de amparo constitucional, el párrafo del artículo 8 prevé una solución. Es la siguiente: "Para los nacidos en territorio de la República Dominicana hijos de padres extranjeros en condición migratoria irregular a quienes no les correspondía la nacionalidad dominicana conforme a la normativa vigente, le asistirá la potestad de acogerse a un proceso especial para la naturalización..."
En otras palabras, no quedan desnacionalizados. Como consecuencia de la sentencia del Tribunal Constitucional 168-13, la República Dominicana no procederá a deportaciones masivas, nadie quedará en condición de ápatrida, a ninguna persona se le privará del acceso a los servicios básicos y todo el mundo será respetado en su dignidad humana.
Pero a la República Dominicana hay que respetarle su derecho soberano a decidir quiénes son sus nacionales, quiénes son extranjeros, quiénes son indocumentados y cómo se regulariza y establece un sistema operativo de identidad personal.
Hace cuarenta años, en 1973, la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos, en el controversial caso de Roe contra Wade, decidió legalizar el derecho al aborto. Esa decisión provocó la crítica airada de quienes consideraban que la Corte no reconoció, desde su concepción, los derechos de la vida humana fetal; o los que creían que la sentencia era ilegítima porque se desviaba de lo estipulado en la Constitución norteamericana, al extender el derecho al aborto a todos los estados de la Unión.
El 22 de enero de cada año, al conmemorarse la fecha del referido fallo, centenares de miles de ciudadanos estadounidenses se concentran frente al edificio de la Suprema Corte de Justicia para protestar contra una sentencia que consideran ha violado el más sagrado de los derechos fundamentales de todo ser humano: el derecho a la vida.
Sin embargo, a pesar de eso, a nadie se le ocurre pedirle al Presidente de los Estados Unidos que revoque la sentencia o incumpla con sus disposiciones.
Tampoco debería ocurrir en la República Dominicana.

Que las emociones no obnubilen nuestra capacidad para razonar. Busquemos entre todas soluciones inteligentes, pragmáticas y viables que nos permitan, al mismo tiempo, proteger nuestra soberanía nacional y rescatar nuestro prestigio internacional.